Pensamiento Nacional y Academia. Por Juan Godoy*



“Escritor nacional es aquel que se enfrenta con su  propia circunstancia, pensando en el país y no en sí mismo”. (Hernández Arregui, 2004: 19)

“un día se oyó en las calles de Buenos Aires el grito de “Libros no, alpargatas sí”. Muchos se escandalizaron. Primero que nadir, los que habían escrito libros que valían menos que una alpargata. Pero la mayoría comprendió: con ese grito se estaba repudiando a una clase intelectual que vivía de espaldas al país y a su hombre”. (Cooke, 2010: 71)

            Más de cien años pasaron que José Martí reclamara: “la universidad europea debe ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas hasta acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas” (Martí, 2005: 12), por citar un caso emblemático de los tantos que han reclamado que la universidad se ligue a las necesidades nacionales, y a la tradición de pensamiento latinoamericana. Esas ideas, dejando de lado algunos momentos y proyectos particulares, no han logrado penetrar las instituciones educativas. El eurocentrismo, enciclopedismo y el estar de espaldas a las necesidades de la patria es lo que ha predominado.

            En este marco, la corriente de pensamiento nacional ha sido francamente ninguneada o negada en los ámbitos académicos. Hoy día después de una década de varios proyectos nacionales-populares en nuestro continente, la situación dista de ser diferente sobre todo en las universidades tradicionales[1]. Asistimos reiteradamente a personajes, algunos lamentablemente desde el “campo nacional”, que resisten a adoptar una matriz de pensamiento nacional, sostienen que es “poco serio”, que ya está “pasado de moda”, que esas categorías no se aplican más, y que es necesario estar acorde al siglo XXI. Argumedo afirma al respecto que “hay un sentido común difundido en las ciencias sociales, según el cual determinadas corrientes teóricas son las corrientes teóricas; fuera de ellas sólo se dan opacidades, manifestaciones confusas, malas copias de los originales. Las vertientes de corte nacional y popular en América Latina tradicionalmente han caído dentro de  esta última categoría”. (Argumedo, 2002: 10)

Llamativo resulta que los que enuncian este discurso suelen adoptar marcos teóricos del siglo XVIII y XIX, y realizados en realidades muy lejanas a las nuestras. Evidentemente, hay que decirlo: civilización y barbarie cala profundo, aún hoy en los pasillos de nuestras universidades, porque al fin y al cabo no deja de ser un pensamiento pre-juicioso que considera que lo ajeno (Europeo o Norteamericano claro), es mejor por el mero hecho de serlo que lo nacional, que es “malo” también por el mero hecho de serlo. Así, la importación acrítica de ideas aparece de sobremanera, por eso Ricardo Rojas advierte: “a causa del vacío enciclopedismo y la simiesca manía de imitación, que nos llevara a estériles estudios universales, en detrimento de una fecunda educación nacional”. (Rojas, 1971: 137)

Desde este esquema teórico, sólo puede surgir un pensamiento a contrapelo de la patria y sus necesidades. Los académicos siguen pensando más que en nacional a partir de cualquier esquema lejano. El “fantasma de Sarmiento” recorre las aulas de nuestras universidades.

Podría uno citar numerosos ejemplos de pensadores nacionales que han esbozado ideas similares a algunos pares europeos o norteamericanos muchos años antes, pero que la academia las adopta a partir de estos pensadores lejanos. Al parecer ¡un pensamiento “vale más” si está escrito en francés, inglés, ruso o alemán que en nuestra lengua! Es que, como lo sostiene Jauretche “la mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro. El hombre de nuestra cultura no ve los fenómenos directamente sino que intenta interpretarlos a través de su reflexión en un espejo ajeno, a diferencia del hombre común, que guiado por su propio sentido práctico, ve el hecho y trata de interpretarlo sin otros elementos que los de su propia realidad”. (Jauretche, 2004; 112)


Basta recorrer las currículas de nuestras universidades y observar la enorme y casi excluyente presencia de pensadores europeos y norteamericanos, y la prácticamente ausencia total de escritores o pensadores latinoamericanos. Pareciera que los únicos que se pusieron a pensar la realidad son aquellos. Si uno hace el ejercicio de recorrer las currículas de los países con una cuestión nacional resuelta el resultado es, lógicamente,  diametralmente opuesto.

Universidades “europeas o norteamericanas” en suelo nacional, otra forma de penetración cultural de las potencias imperialistas. Esta penetración del pensamiento colonial en nuestras casas de Altos Estudios revela también la poca presencia no solo de egresados, sino de una dirigencia que “piense en nacional”. Es necesario resaltar que de la universidad ha salido mayormente la clase dirigente de nuestro país. Es más, muchos de los casos de dirigentes que piensan en esos términos nacionales han formado su conciencia fuera de estos ámbitos.


Esa relación estrecha entre academia y clase dirigente también es manifestación de la “soberbia intelectual” de los sectores medios (propios y ajenos, conscientemente o no), muchos de los cuales por su matriz de pensamiento piensan que solo los “blancos”, “formados académicamente”, “lindos”, que hablan pronunciando las letras “S”, son los que pueden dirigir los destinos del país. De ahí que Hernández Arregui con su pluma incisiva afirme que “esta “intelligentzia”, tanto de derecha como de “izquierda” se irrita ante los escritores genuinamente nacionales que son, en tanto hombres amasados a su pueblo, la mala conciencia que le recuerda, como una voz interior, su deserción de las luchas del pueblo. Más que el escritor nacional, lo que le resulta inadmisible lo que le resulta inadmisible, es que las masas argentinas representan no solo la alpargata sino la Cultura Nacional. El liberalismo colonial les endilgo que eran ellos, mandarines una ficticia “elite” intelectual, los depositarios de esa cultura. Pero la cultura es colectiva, creación anónima del pueblo. No de los intelectuales”. (Hernández Arregui, 2004: 20)


Cabe llamar la atención a una crítica que se hace al pensamiento nacional en tanto cerrazón frente a lo extranjero, lo que ya se ha repetido muchas veces, que las ideas no son nacionales por una cuestión geográfica, sino que se relaciona en tanto correspondencia de las mismas con las necesidades nacionales. Lo que se critica es la importación acrítica de las ideas solo por el hecho de haber germinado en algún rincón del planeta que se considera “civilizado” en detrimento de lo propio. Se incorporan las ideas como absolutas, no en lo que puedan ayudar al desarrollo de la cultura nacional, sino despreciando la misma, e intentando de reemplazarla.

            Muchas veces se achaca a las ideas nacionales la falta de rigurosidad metodológica, lo cual a veces consideramos es una de sus virtudes, no encerrarse en una “rigurosidad metodológica” que quita creatividad. Ya Wright Mills había discutido con este tipo de pensamiento estableciendo que era necesaria una ciencia social artesanal y sostiene la necesidad de no perder la imaginación sociológica, afirmando que “el concepto de la ciencia social que yo sustento no ha predominado últimamente. Mi concepto se opone a la ciencia social como conjunto de técnicas burocráticas que impiden la investigación social con sus pretensiones metodológicas, que congestionan el trabajo con conceptos oscurantistas o que lo trivializan interesándose en pequeños problemas sin relación con los problemas públicamente importantes”. (Mills, 1964: 39)   

El seguimiento de las herramientas metodológicas a rajatabla da lugar al fetichismo del método, “el individuo poseedor del método aprende la realidad social a través de la combinación de variables en el modelo formal, superando el momento de la operación científica, se “compromete”, se vuelve a meter en una realidad que por un momento consideró exterior (…) si la realidad no se adecúa al modelo la realidad no existe (…)“el conocimiento formal es empirismo acrítico, el fetichismo de los hechos inmutables, la creencia de una legalidad exterior a la producción humana de la naturaleza y la sociedad” (Carri, 1968: 52-53). El método pasa a dominar al investigador, lo constriñe, no lo deja crear, y lo que es peor el esquema abstracto no se “ajusta” a la realidad, sino que muchas veces es un pensamiento descontextualizado y/o apunta a “ajustar” la realidad en lugar de la idea.

            Al mismo tiempo, nos preguntamos por los criterios de validez, “las ciencias humanas tienen criterios para medir la relevancia. (…) La exposición pedagógica de esas teorías tiende a acompañarse de un distanciamiento entre los desarrollos conceptuales y los momentos históricos en los cuales se formularos; y también ocultar los deslices de autores consagrados que a veces dicen lo que no se debe. Sin desconocer tales criterios, creemos posible incluir otras variables para evaluar esa relevancia. Si millones de hombres y mujeres durante generaciones las sintieron como propias, ordenaron sus vidas alrededor de ellas y demasiadas veces encontraron la muerte al defenderlas, esas ideas son altamente relevantes para nosotros, sin importar el nivel de sistematización y rigurosidad expositiva que hayan alcanzado”. (Argumedo, 2002: 10)


De esta forma, a partir del estudio de nuestras particularidades como Continente y como país, establecer también otros criterios de validez de un pensamiento, pues sino se corre el riesgo (que es lo que sucede), de negar una corriente de pensamiento que ha calado profundo en el pueblo argentino y en las luchas por la emancipación a lo largo de estos años. Negar cualquier categoría de pensamiento que no siga el “canon” consagrado es cientificismo puro, y altivez frente a las tradiciones de pensamiento popular. Es miopía de la intelligentizia. Asimismo, estudiar a los autores desligados de su ideario político es una descontextualización muy severa que solo puede llevar a abordajes erróneos y superficiales. Así como también el desconocimiento profundo en las ciencias sociales del pasado de nuestra patria, de la historia de lucha del pueblo argentino lleva al “mismo puerto”. Además destacamos que las ideas deben ser “medidas” en su contexto, en tanto posibilidad de aplicación a la realidad.

            La pila de artículos académicos, o papers (como gusta decir a los academicistas), que crecen día a día, y que vale decir muy pocos leen, va de la mano con el incremento del desconocimiento de nuestra realidad, pues siguiendo marcos teóricos ajenos acríticamente solamente pueden hacer emerger análisis desconectados de nuestras necesidades. Aritz Recalde describe bien al academicismo, en tanto “la actividad intelectual pierde su sentido más allá de mejorar el salario de quien obtiene un título y de engordar el burocrático CV de los directores de tesis. La ciencia se burocratiza y se organiza como una carrera de mero rejunte de certificados (…) El saber sin un objetivo político predeterminado es abstracción académica y narcicismo pequeño burgués (y exhorta) las nuevas generaciones de universitarios y de hombres de cultura deben elegir entre escribir para su país y su pueblo o, meramente, para sí mismos o su cuenta bancaria”. (Recalde, 2016: 10)  A esos pensadores Oscar Varsavsky califica como cientificistas, en tanto adaptados al mercado científico y despreocupados por el significado social y político de su actividad. Los mismos  constituyen “un factor importante en el proceso de desnacionalización (…) refuerza nuestra dependencia cultural y económica, y nos hace satélites de ciertos polos mundiales de desarrollo”. (Varsavsky, 1969: 39)

            Asimismo, recorriendo los artículos y publicaciones académicas, más allá de lo subjetivo, difícil es encontrar obras que superen en profundidad e implicancia en la realidad concreta que las de Jauretche, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Fermín Chávez, José María Rosa, Scalabrini Ortíz, Norberto Galasso, Carlos Montenegro, Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona, por nombrar algunos casos al azar. Esa corriente además es, según indica Francisco Pestanha, la más prolífica del siglo XX produciendo más de 20 mil libros. (Pestanha, 2015)

También es difícil encontrar a sujetos que hayan ordenado u ordenen sus vidas en tanto un conjunto de ideas emanadas desde la Academia, o bien hayan dado o den la misma por ese ideario como sucede con el nacional. Recordamos una carta en este sentido del emblemático Cacho Envar El Kadri a Hernández Arregui: “estimado compañero, usted tiene el mérito de ser uno de los pocos intelectuales que ha sido capaz de sembrar ideas por las cuales valga la pena morir o vivir peleando por su aplicación”. (Carta de Envar el Kadri a Hernández Arregui. 15-1-1970. Rep. en Piñeiro Iñíguez, 2007: 233)

Consideramos aquí que el pensamiento nacional nos nutre de un conjunto de herramientas que nos sirven para pensar el presente. El pensamiento nacional discute principalmente la cuestión nacional, se posiciona contra la dependencia la principal problemática de una nación semi-colonial que no ha logrado constituirse plenamente como tal. Así, muchas de las ideas y problemáticas que trata esta tradición de pensamiento son útiles para orientar y pensar nuestro presente. Pues, como enseña Norberto Galasso “pensar en nacional es, pues, en una semi-colonia como la Argentina, pensar revolucionariamente, cuestionando el orden impuesto por el Imperialismo, que no sólo es injusto y humillante sino que además, impide toda posibilidad de progreso histórico, es decir, cierra el paso a una auténtica Democracia participativa, al ascenso cultural y a las profundas transformaciones.”. (Galasso, 2008: 10)

De esta forma, consideramos que la crítica a la dependencia, el rompimiento de la colonización pedagógica aparece como fundamental para los pueblos que tienen una emancipación incompleta como el nuestro. De ahí la negación del mismo por parte del aparato cultural. Así, el pensamiento nacional aparece como instrumento poderoso para contribuir en el avance por la segunda y definitiva independencia.





[1] Las “nuevas” universidades han sido más permeables al ingreso de estas ideas a partir de ciertos impulsos de algunos actores o institucionales. No obstante, no deja de tener un lugar minoritario. 

* Mg. Metodología de la Investigación (UNLa). Lic. en Sociología (UBA)

Bibliografía



Argumedo, Alcira. (2002). Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

Carri, Roberto. (1968). El formalismo en las ciencias sociales (1ra. Parte). Antropología - Tercer Mundo. 1, (1-6). Reedición Facsimilar de la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.



Cooke, John William. (2010). Duhalde, Eduardo Luis (Comp.). Obras Completas. Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos (1947-1959). Tomo IV. Buenos Aires: Colihue.



Entrevista a Francisco Pestanha. Luces sobre el Pensamiento Nacional. Octubre 2015. Disponible en http://comunasargentinas.com.ar



Galasso, Norberto. (2008). ¿Cómo pensar la realidad nacional?. Crítica al pensamietno colonizado. Buenos Aires: Colihue.



Hernández Arregui, Juan José. (2004). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).



Jauretche, Arturo. (2004). Los Profetas del Odio y la Yapa los profetas. Buenos Aires: Corregidor.

Martí, José. (2005). Nuestra América y otros escritos. Buenos Aires: El andariego.

Mills, Wright. (1964). La imaginación sociológica. México: Fondo de Cultura Económica.



Piñeiro Iñiguez, Carlos. (2007). Hernández Arregui Intelectual Peronista. Pensar el nacionalismo popular desde el marxismo. Siglo XXI: Buenos Aires.



Recalde, Aritz. (2016). Intelectuales, peronismo y universidad. Buenos Aires: Punto de Encuentro.



Varsavsky, Oscar. (1969). Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.


Arturo Sampay, la dependencia económica y la Justicia Social. Por Juan Godoy*

             El gran constitucionalista argentino Arturo Enrique Sampay ha legado un conjunto de categorías, conceptos e ideas para pensar la justicia, el poder, el estado, la constitución, etc. que se revelan actuales y nos orientan para pensar el presente y el porvenir. Nosotros pretendemos aquí esbozar algunas de estas ideas que consideramos sirven para pensar la realidad actual de nuestro país atravesada por un “nuevo” proyecto neocolonial con aroma a “viejo”, que pretende cambiar patrones no solo económicos, sino también sociales, políticos y culturales. Desde ya ese “cambio” es en el sentido de un retroceso para las mayorías populares.
            Partiendo de este punto, nos interesa rescatar la articulación que aparece en el pensamiento de Sampay entre las esferas económica, política, social y la ligazón con la justicia en general y la justicia social en particular.


            El análisis que realiza Sampay parte de la idea que nuestro país luego de producidos los procesos de emancipación continental en el cual se enmarca el local, a pesar de los intentos de varios patriotas en el sentido contrario, pasó a ser dominado indirectamente por Inglaterra. La dominación es principalmente económica. Nacía un país pequeño de “cara a Europa”, inviable en términos históricos para el pueblo, pero muy cómodo para la oligarquía que se enriquece enormemente a partir de la explotación de la renta agraria diferencial, y apunta a construir el destino del país civilizado que deje atrás el atraso de la barbarie nativa, en la cual obviamente no se cuenta ella misma. La oligarquía se sintió francesa y/o británica, y dejó testimonio de ello en los escritos, parque y palacios, como asimismo (aunque intente borrar estas huellas), en represiones, matanzas y genocidios.
En relación a este proceso sostiene el autor de “Constitución y Pueblo”: “cierto es que entonces caímos bajo la dependencia económica de Inglaterra (…) nuestra “independencia de toda dominación extranjera” que rezaba el juramento de los congresales de Tucumán, quedamos aprisionados dentro del universo económico del Imperio británico lo cual a la sazón, así no fuera más que destruyéndonos viejas formas económicas, nos impulsó en el sector de la producción que a los intereses de ese imperio convenía, a establecer nuevas modalidades de trabajo, distribución y consumo, acordes con la transformación que la Revolución Industrial venía causando en el mundo”. (Sampay, 1968. En Sampay, 2013: 160) De esta forma, la estructura económica del país, su estructura jurídica, y por consiguiente la noción de justicia se organizó en relación a los intereses elitistas y foráneos.
            Así a partir de su triunfo en la guerra civil, de la cual la Guerra del Paraguay es el último capítulo que entierra el proyecto de los caudillos, fue vertebrando el país semi-colonial-dependiente. Y si el estado es la cristalización de las relaciones de poder que se dan en la sociedad, y la constitución su manifestación más clara[1], la oligarquía construye el país en base a su proyecto político. Ese proyecto dependiente “implicaba mortandad precoz, enfermedades endémicas, analfabetismo e inacción del pueblo argentino radicado fuera de la Pampa Húmeda y esterilidad de las riquezas básicas que existen en el territorio  de la nación” (ibídem: 160). La mantención en el primitivismo agropecuario. Se trata para poder avanzar en la justicia social entonces de romper con la dependencia de modo de “equiparar el rendimiento del trabajo argentino con el rendimiento del trabajo de los países altamente desarrollados”. (ibídem: 190)
            Ahora bien, sobre esa estructura dependiente que se plasma en la constitución, la oligarquía establece un sistema educativo apropiado a sus intereses que “le permite detentar la exclusividad de la cultura, puesto que abriga la íntima convicción de que la elevación intelectual de los sectores populares engendra la rebeldía contra la Constitución que ella ha impuesto”. (Sampay, 2012: 61) Al país semi-colonial le corresponde una enseñanza a contrapelo de la Patria. Un país que no piense en base a su propia realidad, intereses y necesidades.
            Sampay considera la necesidad del desarrollo de las fuerzas productivas al tiempo que la distribución de los bienes y servicios. El desarrollo económico e industrial no puede ser un desarrollo excluyente, sino no hay justicia, pues “la justicia es la virtud que ordena los cambios con miras a obtener dicha universalidad del bienestar; o sea, la justicia es el “bienestar general””. (Sampay, 1975. En Sampay, 2013: 37) Es necesario producir los bienes necesarios para toda la comunidad nacional (en una economía de escasez no puede llegarse a la plenitud de la justicia). Así, si la noción de justicia está reducida a resguardar los derechos de la propiedad privada, sus dueños y el disfrute por parte de éstos de esos bienes y servicios. Eso es justicia oligárquica (prácticamente un oxímoron), la justicia que responde al poder de unos pocos.
            Dada la dependencia el país sufre “un dirigismo económico, por parte de los países altamente desarrollados a través de la llamada “economía libre””. (Sampay, 1968. En Sampay, 2013: 202) Lo que tiene implicancias concretas en la degradación del nivel de vida, en la desindustrialización, desocupación, pobreza, etc. La emprende así contra el librecambismo, en tanto también éste “es la inmunidad e impunidad de los monopolios supranacionales para expoliar a los pueblos dependientes”. (Sampay, 2012: 103) En este sentido, las empresas extranjeras a partir de su penetración destruyen los cimientos de la nacionalidad.
            No hace mella en Sampay la idea del capital extranjero y/o privado como “buen administrador”, en relación al nacional y/o público. La cuestión la enmarca en la lógica que persigue el capital privado. Los países semi-coloniales solo pueden superar su atraso con una fuerte constitución de capital nacional y público, pues no puede seguir la lógica de la ganancia, “porque si a un esfuerzo del pueblo dirigido a salir de su atraso lo conducen las empresas privadas, lo canalizan primordialmente hacia su provecho, tras su afán de máximo lucro y seguridad, por lo que, en razón de esto último, invierten sus ganancias, no en el país en el que las obtuvieron –y al cual le pertenecen en dominio eminente-, sino en los países altamente desarrollados de empresas privadas”. (Sampay, 1968. En Sampay, 2013: 217) Otra “canaleta” por la cual se va el esfuerzo de los argentinos al extranjero, y es disfrutado por otros. El país pensado en función de otros intereses que no son los nacionales.
            Desde ahí que a partir de considerar que la dependencia es el factor principal de nuestra historia, y la cuestión nacional la clave de interpretación de la misma, Javier Azzali en su trabajo sobre la Constitución del 49 afirma que la misma (y lo pensamos acá en relación a su mentor), “expresó en el más alto plano jurídico la resolución de la cuestión nacional en aquel momento y el modelo de país con soberanía y justicia social que pregonaba el peronismo” (Azzali, 2014: 38), y resume el pensamiento de Sampay en vinculación a la Constitución reformada como la propuesta de “hacer efectivo el gobierno de los sectores populares, liberar el país del imperialismo, estatizando el manejo de los recursos financieros, de los recursos naturales y de los principales bienes de producción, con la finalidad de ordenarlos planificadamente para conseguir un desarrollo autónomo y armónico de la economía, que concediera el bienestar moderno a todos y a cada uno de los miembros de la comunidad”. (Ibídem: 41) Al fin y al cabo la Constitución del 49 institucionaliza “una nueva concepción de derecho y de democracia: la justicia social  y la democracia ampliada o de masas”. (Recalde, 2009)
            Es por estas razones que considera la necesidad de avanzar en el sentido contrario al planteado por el modelo oligárquico, de modo de lograr avanzar en la justicia social, nacionalizar las fuentes de recursos y distribución de bienes es primordial, “la nacionalización consiste en transferí a entes públicos o asociaciones de interés colectivo la propiedad de medios de producción y cambio, a fin de utilizarlos exclusivamente para lograr que el pueblo participe de los beneficios de la civilización”. (Sampay, 2012: 121) Jorge Cholvis argumenta que “la economía peronista (y los planteos jurídicos inspirados por Sampay), se plantea el objetivo de que no exista la explotación del hombre por parte de la actividad privada. La propiedad abandona, de este modo, el sentido absoluto que le otorgaba el liberalismo constitucional para enmarcar su desarrollo en ciertas condiciones que reciben el nombre genérico de Justicia Social, pero que son en realidad una nueva forma de relación de las personas entre sí y de estas con las cosas, es decir, una nueva concepción de propiedad”. (Cholvis, prólogo a Koening, 2015: 19)
Marcelo Koening plantea en su estudio sobre la función social de propiedad en la Constitución del 49 que “el avance de los pueblos en su organización y defensa de sus intereses hace que la idea de la propiedad tienda a dejar de ser un asunto meramente individual y se empiece a poner en clave social y comunitaria”. (Koening, 2015: 39) Los trabajadores, generadores de la riqueza del país no disfrutan de la misma en el país dependiente por la expoliación de parte de las potencias de la misma. A partir de la posesión de esos recursos y medios de producción aparece la necesidad de la planificación económica en dirección a la justicia social, “porque si quedan en el dominio de los particulares son utilizados, según enseña la experiencia, para conseguir máximas ganancias y no el bienestar general”. (Sampay, 2012: 137)
Para lograr esa justicia social en el pensamiento de Sampay es central el papel de los trabajadores, argumenta que “únicamente un gobierno vigoroso, sostenido con ardor por los sectores populares, podrá ejecutar la política económica heroica que necesita el país para transformarse acorde con la revolución de nuestro tiempo (…) en el plano político y sindical, forzoso es contar con una firme auto-organización de las fuerzas obreras protagonistas de ese sostenido esfuerzo nacional, pues la disciplina para acometer semejante empresa debe serles impuesta por sus propias organizaciones”. (Sampay, 1968. En Sampay, 2013: 188)  Los trabajadores organizados entonces son el puntal a partir del cual debe definirse el “modo de vida”, son estos los que tienen que estructurar en qué país y cómo quieren vivir. De esta forma, plantea la noción de justicia social en un sentido profundo. No existe posibilidad de justicia social sin romper la dependencia, y es “evidente que sólo hay cambio de estructuras económicas y de constitución real cuando una clase sustituye a otra en el predominio político”. (Sampay, 2012: 194)


* Sociólogo, UBA.

Bibliografía

Azzali, Javier. (2014). Constitución de 1949. Buenos Aires: Punto de Encuentro.
Koening, Marcelo. (2015). Una constitución para todos. Buenos Aires: Punto de Encuentro.
Recalde, Aritz. (2009). Constitución Argentina de 1949. Génesis y caída. Disponible en:
Sampay, Arturo Enrique. (2012). Constitución y Pueblo. Buenos Aires: Inst. Jauretche.
Sampay, Arturo Enrique. (1996). Introducción a la teoría del estado. Buenos Aires: Theoría.
Sampay, Arturo Enrique. (1975). Las constituciones de la Argentina. En Sampay. (2013). Obras Escogidas. Buenos Aires: EDUNLa.
Sampay, Arturo Enrique. (1968). Ideas para la revolución de nuestro tiempo. En Sampay. (2013). Obras Escogidas. Buenos Aires: EDUNLa.




[1] Sampay define dos tipos de Constitución, la real “es la clase social que predomina, y la constitución escrita, concediéndole juridicidad formal a la violencia que monopoliza, convierte en legal a la Constitución real. Por consiguiente, la Constitución escrita es un instrumento del sector social predominante”. (Sampay: 2012: 193)

Mauricio Macri y la soberanía nacional. La Argentina en el Bicentenario. Por Juan Godoy



“Los argentinos usamos una expresión, atrevida y pintoresca a la vez, cuando nos referimos a personas inescrupulosas: "éste es capaz hasta de vender a la madre"; pero sabemos y sentimos hondamente en el corazón que a la Madre no se la vende, no se la puede vender... y tampoco a la Madre Patria.Celebramos doscientos años de camino de una Patria que, en sus deseos y ansias de hermandad, se proyecta más allá de los límites del país: hacia la Patria Grande, la que soñaron San Martin y Bolívar Esta realidad nos une en una familia de horizontes amplios y lealtad de hermanos. Por esa Patria Grande también rezamos hoy en nuestra celebración: que el Señor la cuide, la haga fuerte, más hermana y la defienda de todo tipo de colonizaciones”. (Carta de Papa Francisco por el Bicentenario)

En la Declaración de la Independencia de España que, vale la aclaración, no hace referencia a la Argentina sino a las Provincias en Sudamérica, lo que marca su impronta ligada a la Patria Grande, se indica que nuestro territorio también es libre de “toda dominación extranjera”. Lamentablemente eso no fue lo que terminó primando, pues el fracaso del Proyecto de la Patria Grande que le permitiera a nuestra región encarar un modelo de desarrollo con justicia social, tuvo como corolario la aparición de una veintena de países que emergen como países dependientes de alguna potencia en nuestro caso claramente Gran Bretaña.
  Ahora esa dominación no es directa sino más bien indirecta, vía la “ocupación” de la estructura económica de modo de expoliar las riquezas y paralizar el desarrollo nacional contrario a los intereses de Gran Bretaña. Raúl Scalabrini Ortiz habla de los dos tipos de políticas que aplican los británicos con nuestro país: una directa y otra indirecta. La primera refiere al conjunto de declaraciones, manifestaciones, documentos (públicos), etc., que indican la cooperación conjunta de ambos países para el bienestar general del pueblo argentino y su nación soberana. Una ficción. Mientras la segunda, lo que se esconde detrás del velo, es la política que pretende a través de la penetración económica dominar nuestro país manteniéndolo en el primitivismo agropecuario. América del Sur como la Granja abastecedora del desarrollo industrial de las potencias, y en ese marco la Argentina productora de materias primas, y consumidora del excedente de la producción británica que arruina la propia.
  Esa política, con sus “idas y vueltas” fue la que se aplicó en nuestro país (con excepciones claro como por ejemplo el caso de Juan Manuel de Rosas), hasta octubre del 45 cuando el subsuelo de la Patria se subleva y emerge el segundo movimiento nacional del siglo XX: el peronismo. Perón sigue la máxima de la Declaración de nuestra independencia, esa idea que enunciamos al principio “libre de toda dominación extranjera”, y procura que nuestro país avance en una “nueva emancipación” a partir de la nacionalización de la estructura productiva, y el impulso del desarrollo industrial a partir de la captación de la Renta Agraria Diferencial que antes solo disfrutaba la oligarquía en viajes, lujos  y placeres. En fin el desarrollo de una Revolución Nacional. La Argentina comienza a dejar atrás la dominación semi-colonial de parte de Gran Bretaña, y se ponía en guardia rechazando la Norteamericana, por ejemplo negándose a ingresar al Banco Mundial y FMI.
  Como sabemos, esa Revolución Nacional queda inconclusa, bombardeos de la población civil mediantes, con el golpe de septiembre del 55. Allí comienza la Argentina a vertebrar su camino a la dominación semi-colonial, ahora principalmente por parte de los Estados Unidos, así salvo el interregno de la vuelta de Perón, su continuación con el proceso de emancipación nacional, y el último periodo de gobiernos nacionales-populares que se corre en cierta medida de la égida del imperialismo (el rechazo al ALCA es la manifestación más clara y contundente), fue ese el camino que siguió nuestro país profundizado a partir de la última dictadura cívico-militar genocida, y el modelo neoliberal de los años 90.

  Los argentinos entonces podemos decir vivimos una ficción, la que somos un país plenamente independiente cuando la realidad es la contraria. Gran parte de nuestra riqueza, dada la estructura económica dependiente (sobre la que hace al menos 40 años poco se ha avanzado en el sentido del rompimiento), drena al extranjero. Un país rico en que gran pate de su población vive en la miseria, y presenta un aparato productivo atrasado. Asimismo, gran parte también de las decisiones se toman fuera de nuestras fronteras, y/o dentro de las mismas pero no según el interés nacional, sino más bien el de las potencias que nos dominan. Jauretche remarca la idea que sobre la estructura dependiente se monta una superestructura cultural de colonización pedagógica que procura hacer invisible esta situación semi-colonial.
  De diciembre pasado a esta parte, el “cambio” viene profundizando a paso acelerado esta dependencia. Retrotraer la Argentina a (al menos), 1910 parece ser el proyecto que ganó las últimas elecciones por escaso margen. Sin que el último proyecto nacional-popular haya emprendido una revolución, la oligarquía sí está llevando a cabo una contrarrevolución con un revanchismo de clase muy fuerte. Vale la aclaración en este punto sobre la no “alternancia democrática” entre dos proyectos nacionales en los países semi-coloniales como el nuestro, pues no existen dos proyectos nacionales, sino uno nacional y otro colonial. En nuestros países, con una cuestión nacional a resolver, tenemos claramente un sector político que “juega” para el interés extranjero.
El gobierno de la Alianza Cambiemos es la manifestación más clara y descarada de esa realidad. Basta ver los ministerios ocupados directamente por los gerentes de las empresas imperialistas que la única intención que abrigan es saquear la riqueza que generamos diariamente los que habitamos el territorio patrio. Nos interesa aquí recorrer algunas de las ideas del actual Presidente y del gobierno en relación a nuestra independencia y dependencia como demostración de lo enunciado.
El desparpajo del Presidente, y el desconocimiento de nuestra historia se manifiesta al recordar que siendo Jefe de Gobierno en conmemoración del 9 de julio, arrancó la respuesta a un periodista diciendo: “siendo el día de la bandera…”. Pero uno podría decir que fue una equivocación, y que era temprano, así que indaguemos un “poco más” en su relación con la soberanía nacional.
En un reportaje reciente con el Diario de los Mitre en su último viaje a Europa se explayó sobre la cuestión del desarrollo, y la relación con los países centrales: “El planteo claramente es: ellos tienen serias ventajas en todo lo que es el aparato industrial, fabricación de bienes y servicios. Nosotros tenemos ventajas en el sector agrícola (…) Eso es lo que naturalmente cada región tiene como fortaleza, después en cada lugar se ve sector por sector. En líneas generales es lo que se ve como ventaja comparativa de una región y la otra”. Es decir, claramente la “vieja teoría” de las ventajas comparativas que estalló en mil pedazos con la crisis del 30, y que ningún economista de línea nacional de un país dependiente puede tomar en cuenta.
Es más ya la había enjuiciado y desestimado Carlos Pellegrini en el contexto de la crisis internacional y de los posteriores debates parlamentarios por los aranceles aduaneros en 1876 durante el gobierno de Avellaneda: “El libre cambio mata a la industria naciente. Los que han defendido ciegamente teorías sostenidas en otras partes no se han apercibido que apoyaban intereses contrarios a los suyos. Cuando esta cuestión se discutía en el Parlamento inglés, uno de los ilustrados defensores del libre cambio decía que él quería hacer de la Inglaterra la fábrica del mundo y de la América, la granja de la Inglaterra. Y decía una gran verdad, que en gran parte se ha realizado porque en efecto nosotros somos y seremos por mucho tiempo, si no ponemos remedio al mal, la granja de las grandes naciones manufactureras (...) Yo pregunto, Sr. Presidente, ¿qué produce hoy la provincia de Buenos Aires, la primera provincia de la República? Triste es decirlo. Sólo produce pasto y toda su riqueza está pendiente de las nubes. El año que ellas nieguen riego a nuestros campos, toda nuestra riqueza habrá desaparecido. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto".
A esto se le suma un modelo claramente delineado sobre la valorización financiera y el híper-endeudamiento. Se calcula en estos seis meses unos 30 mil millones de dólares se ha incrementado la deuda a partir del pacto de  sumisión con los “fondos buitres”. En ese sentido también se expresó la vicepresidenta: “Vamos hacia un país agroexportador y de servicios, basta de industria”. Recordemos la sentencia de Hernández Arregui: “o nación o factoría”.
El giro en la política internacional que procura la incorporación de nuestro país a la Alianza del Pacífico, que implica desenterrar al ALCA que se creía enterrado en las costas de Mar del Plata, una alternativa de libre comercio, la adopción de las políticas neoliberales diseñadas en el Norte, el deterioro de la soberanía nacional, y un retroceso significativo de las condiciones de vida de nuestro pueblo. Sumado a esto la regresión de los gobiernos en mayor o menor medida nacional-populares en América Latina y la posibilidad concreta de la instalación de dos bases norteamericanas en nuestro territorio (Misiones y Tierra del Fuego), muestran a las claras que el “fantasma de Kissinger” merodea por nuestro continente y está ávido de enterrar por muchos años la posibilidad de un proyecto nacional y popular.

Si hay una causa nacional que cala hondo en el sentimiento del pueblo argentino, el 82 es una manifestación de ese sentimiento más allá de los “desmalvinizadores”, es la causa por la soberanía en nuestras Islas Malvinas. Al mismo tiempo es demostración de la ocupación colonial directa por parte de Gran Bretaña, y cómo los reductos oligárquicos no comparten esa identidad nacional, sino que como enseñó Hernández Arregui la identidad de la oligarquía es la del imperialismo que justamente disuelve la comunidad nacional, es decir es diametralmente opuesta. La oligarquía siempre se mira, a partir del esquema civilización y barbarie en el espejo del colonizador, añora ser europea, británica o norteamericana.  Es por ello que se entiende que el actual representante de los intereses foráneos a cargo de la Presidencia haya manifestado, de vacaciones (situación en la que suele estar seguido) en Punta del Este, con respecto a las Malvinas: “la verdad es que los temas de las soberanías con un país tan grande como el que tenemos nunca los entiendo mucho. Nosotros no tenemos un problema como los israelíes, que tienen problema de espacio. Acá lo nuestro es casi un amor propio. Es más, creo que las Islas Malvinas serían un fuerte déficit adicional para la Argentina. Tengo entendido que al Tesoro de Inglaterra le cuesta bastante plata por año”. El “mal que aqueja a la Argentina es la extensión” había dicho el “Padre del Aula” para procurar hacer “Europa en América”.
Más claramente aparece nuestra situación semi-colonial, cuando el “viejo país”, ese pasado que vuelve festeja en la Embajada Norteamericana la independencia del país del norte que cumplió con la advertencia de Bolívar y plagó de miseria a Nuestra América. Prácticamente una reunión de Gabinete ampliada a los miembros de las corporaciones mediáticas y la justicia. Casi el “blanqueo” del entramado de alianzas que nos gobierna hoy (quizás, no sabemos si estaban, faltaban los servicios de inteligencia)
Conmemorar hoy el 9 de julio entendemos significa recordar a los hombre y mujeres que dieron su vida a lo largo de estos doscientos años para que seamos un país plenamente soberano, libre de toda dominación extranjera adopte la forma que adopte. Al tiempo que tener presente que estos procesos de emancipación fueron continentales, de la Patria Grande, y por la justicia social. La política de estos patriotas es una impugnación al proyecto de sumisión neocolonial de Cambiemos. Por eso, este acto de rememoración no debe quedarse en el inmovilismo, sino debe movilizar los espíritus. Como decía el “Pepe” Rosa poner las pasiones del pasado al servicio de las presentes. Reconstruir el Frente Nacional de liberación contra la política oligárquica-imperialista es imperativo. La historia es rectora y sirve en tanto nos pueda orientar en la conformación de una política nacional. En este sentido Ernesto Palacio sentencia: “la historia ha de ser viviente, estimulante, ejemplificadora, o no servirá para nada”, y en todos los rincones de la Patria empieza a emerger el grito que corroe los cimientos de la dependencia: “PATRIA SÍ, COLONIA NO”.
 
Publicada originalmente en Revista Zoom. 9 de Julio de 2016